Los periodistas mexicanos enfrentan una de las situaciones más difíciles en las últimas décadas. Decenas de colegas han sufrido amenazas, golpes, o han sido asesinados o desaparecidos en los últimos años. En la mayoría de los casos, impera la impunidad.
A pesar de ese clima inhóspito, los periodistas no han dejado de cubrir situaciones de alto riesgo y su labor continúa. La libertad de expresión y del ejercicio profesional del periodismo son evidencias de una sociedad democrática y tanto la sociedad como el gobierno deben trabajar juntos para disminuir la impunidad y ampliar la seguridad de los periodistas. En la práctica eso no sucede y a final de cuentas ese deber queda en las manos del propio periodista.
Aunque el riesgo en esta profesión seguirá existiendo, podemos reducirlo. En la mayoría de los casos, esa reducción del riesgo podría significar una diferencia entre la vida y la muerte; entre el daño físico y la integridad; entre la plena libertad de expresión y el acotamiento de esa libertad mediante el uso de la fuerza.
En los nuevos contextos las agresiones a la prensa suelen provenir indistintamente de agentes estatales y no estatales. La violencia creciente y sistemática se ha convertido por asi decirlo en una materia cotidiana de cobertura periodistica. Policías, militares, políticos y criminales se han vuelto una fuente probable de agresión a periodistas.
¿Cómo entonces podemos reducir el riesgo
La experiencia de los casos ocurridos en los últimos 25 años en México nos dice que las formas más eficaces de reducción del riesgo son las siguientes:
► Respetar la ética periodística.
► Tener fundamentos profesionales sólidos
► Fortalecer la comunicación interna.
► Manejar profesionalmente las fuentes de información.
► Diseñar estrategias y adoptar protocolos de seguridad.

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